Los hijos del brillo azul
¿Alguna vez has usado un celular? Qué pregunta tan idiota, lo sé. A estas alturas, hasta los perros podrían contestarla. A veces siento que incluso ellos ya saben deslizar la pantalla con el hocico. Pero hago la pregunta de todas formas, como quien lanza una piedra al fondo de un pozo para ver si hay eco. Porque lo que me interesa no es la obviedad de la respuesta, sino lo que hay detrás de ella.
Vivimos en una época brillante. Sí, brillante como una pantalla de 5.8 pulgadas a todo color, con luz azul insertada directamente en la retina. Avanzamos con vértigo hacia la conectividad total. Un vértigo que no es sólo tecnológico, sino existencial. Hay Wi-Fi en las iglesias, en los cementerios, en los parques. Hay cobertura en medio del desierto, en las montañas, en los sueños. Y en esa cobertura vivimos todos: padres, hijos, adolescentes sin voz y adultos sin tiempo.
Los que nacimos entre los noventa y el dos mil —yo me cuento entre ellos, aunque a veces me siento como un infiltrado— estamos enganchados a la promesa de la inmediatez. La pantalla se volvió espejo, madre, guía espiritual, amante, verdugo. Usamos el celular para todo: hablar, olvidar, gritar en silencio, mostrarle al mundo lo que comemos y lo que ya no somos.
Vivimos detrás de un vidrio. Y ese vidrio nos devuelve un reflejo que no somos. Una versión editada de nosotros mismos. El selfie eterno. La pose perpetua. La identidad efímera.
He visto jóvenes —y no tan jóvenes— pasar ocho, diez, doce horas al día frente a un dispositivo. Y no exagero. En ciudades como Torreón, donde la temperatura y el tedio a veces se confunden, un celular puede costar lo mismo que un mes de televisión por cable. Y claro, lo prefieren. Porque el celular no solo da acceso al mundo: lo diseña. Pero ese acceso tiene un precio. Y no hablo de gigabytes. Hablo de visión. De ojos que no descansan. De pupilas que olvidaron mirar el horizonte.
Lo veo todos los días en la clínica. Gente joven, de entre 18 y 35 años, con borrosidad de cerca, fatiga visual, lagrimeo, visión doble. Síntomas de algo que muchos no saben nombrar: insuficiencia acomodativa no estrábica. Una especie de cansancio ocular crónico. Una microtragedia en cámara lenta. Y todo por el exceso de pantallas, por no parpadear lo suficiente, por no mirar el mundo real.
Según estadísticas —sí, de esas que no mienten pero tampoco lo cuentan todo—, en México había 88 millones de celulares activos en 2017. En España, 20 millones. Imaginen la cifra actual. Imaginen la curva en 2040. ¿Cuántas horas diarias usaremos el celular para entonces? ¿Catorce? ¿Dieciséis? ¿Dormiremos con él injertado en la palma?
En mi caso, lo confieso: WhatsApp me dice que en los últimos cinco meses he enviado 27,002 mensajes. He recibido 71,745. El dato me dio vértigo. No por la cifra, sino por lo que dice de mí. ¿Cuándo fue que dejé de mirar el cielo para mirar un ícono verde? ¿Cuándo mis ojos se adaptaron mejor al brillo de la pantalla que a la luz del sol?
Por eso investigo. Por eso evalúo. Porque sé que estamos perdiendo algo. No solo la vista. Algo más profundo. La capacidad de estar. De mirar. De enfocar sin filtros ni alertas ni notificaciones.
Si eres madre, padre, educador, o simplemente un ser humano aún dispuesto a mirar a los ojos a otro ser humano, quiero decirte algo: esto no es solo una cuestión clínica. Es una cuestión de futuro. Es una pregunta sobre cómo estamos criando a nuestros hijos y sobre cómo nos estamos convirtiendo, todos, en hijos del brillo azul.
Y si estás perdido entre notificaciones y ansiedad, si no sabes cómo reconectar con tu hijo cuando el celular se convierte en muro, tengo un regalo para ti: un test sencillo, una guía mínima para reencontrarse.
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A veces, una pregunta bien hecha vale más que mil respuestas. Como esa pregunta tonta con la que empecé.
Pero si me preguntaras ahora, con franqueza, qué veo cuando miro los ojos cansados de esta generación, te respondería sin dudar: veo un grito sin sonido, un parpadeo que pide auxilio.

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