Las pequeñas acciones pueden ser muy importantes para identificar problemas de visión en el niño.



  El caparazón de la infancia

A veces, las pequeñas acciones revelan grandes verdades. Un gesto mínimo, un parpadeo más lento de lo normal, una mano que frota los ojos en mitad del día. Señales insignificantes, pensarían algunos, pero que para mí son advertencias luminosas, alarmas visuales que se encienden sin hacer ruido.

En una colonia cualquiera de Torreón, dos niñas —de cuatro y ocho años— viven su encierro frente a una pantalla. Podrían estar jugando con muñecas, saltando en la banqueta, gritando entre bicicletas y tierra. Pero no. La pandemia las empujó al refugio electrónico. Por la mañana, televisión. Por la tarde, celular. Por la noche, insomnio. Y al día siguiente, dolor de cabeza. Un ciclo silencioso, repetido hasta volverse normal.

Sus padres —como muchos padres— piensan que están seguras. Creen que el acceso al dispositivo es una suerte de acceso al conocimiento, a eso que ahora llaman "inteligencia artificial". Y en parte tienen razón: es comunicación, es aprendizaje, es distracción. Pero también es otra cosa: es una lupa que agranda lo que no se ve. Problemas de visión. Retrasos acomodativos. Fatiga visual a destiempo. Y si en la genética hay miopía, el riesgo se multiplica. Es como heredar una deuda silenciosa que crece con cada hora frente al brillo artificial.

La miopía no es sólo un defecto óptico. Es una trampa del tiempo, una alteración del paisaje, una distorsión heredada. Si ambos padres son miopes, las probabilidades de que el niño también lo sea se disparan. Si además ese niño pasa ocho, diez, doce horas al día usando la vista de cerca, el deterioro se acelera como un reloj de arena roto.

Hay formas de frenar esa caída. Hay formas de intervenir. Hay que mirar hacia afuera. Literalmente. Sacar a los niños al parque, al cielo, al mundo. Jugar. Respirar. Enfocar a lo lejos para liberar el músculo que, sin descanso, sostiene la visión cercana.

Ya no podemos educar como antes. Lo intuitivo, lo improvisado, lo que funcionó en los ochenta o los noventa, ya no sirve. Hoy tenemos acceso a conocimiento, a expertos, a materiales pedagógicos y clínicos que pueden marcar la diferencia. En lo personal, ofrezco orientación en salud visual infantil, no como un lujo, sino como una necesidad urgente. Porque una visión no atendida puede convertirse en un obstáculo silencioso para aprender, para entender, para vivir plenamente.

Y hay cosas pequeñas que también ayudan. Trucos. Recursos. A mi hija, por ejemplo, le enseñé la técnica de la tortuga. Cuando está a punto de explotar por no usar el celular, le digo que se imagine una tortuga. Que meta brazos y piernas. Que cierre los ojos. Que respire y cuente hasta diez. A veces lo hace. A veces no. Pero el cuerpo aprende, incluso cuando la mente no quiere.

Si estás leyendo esto y te reconoces en estas líneas, si sientes que tus hijos están perdiendo algo —paciencia, enfoque, sueño, alegría—, quizá sea momento de hacer algo. Con gusto podemos acompañarte. No se trata sólo de mejorar la vista. Se trata de transformar la mirada.


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